Los Asante instruyen en privado a sus hijos; pues para un asante determinadas cuestiones deben de quedar en el ámbito familiar, lo que entre ellos es muy respetado.
Solo hay ritos de pubertad para las mujeres. A medida que se acerca la menstruación o bara, la niña se recoge en casa de su madre. Cuando le llega la menstruación, la madre anuncia la buena noticia en el pueblo golpeando el hierro de una azada con una piedra. Las ancianas salen y entonan canciones tradicionales con letras adecuadas al efecto, felicitándose por la noticia que es provisora de nueva fertilidad.
Siendo una noticia recogida con gran alegría, los hombres asante, como muchos otros del África Occidental, ven el periodo menstrual como algo impuro.
Las mujeres, durante ese estado quedaban relegadas socialmente, pasando esos días en casas especiales de menstruación, ya que pisar o pasar cualquier umbral de otra casa, donde viviera o que frecuentara un hombre estaba estrictamente prohibido. No podían cocinar para los hombres, ni comer ningún alimento que un hombre hubiera cocinado.
Si una mujer entraba en la casa del taburete ancestral menstruando, era arrestada, pudiendo imponérsele como castigo la muerte, lo que era prácticamente seguro pues dentro de las creencias asante, ese ultraje se decía que traía como consecuencia el que uno de los antepasados o su fantasma, dzemawon, se corporizara pudiendo estrangular al jefe. No podían hacer ningún tipo de juramento, visitar lugar sagrado, ni participar en ninguna ceremonia.

Juanjo Andreu
Profesor de Bellas Artes y comisario cientifico de arte tribal africano
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